maternidad

El parto de Joel

Ahora que ya he sobrepasado el ecuador de este mi segundo embarazo, cada vez pienso más en el momento del parto y recuerdo cómo fue el nacimiento de Joel.

En su día os dije que algún día os lo contaría… así que allá vamos.

Lo voy a intentar contar de manera fiel a cómo lo recuerdo y cómo pasamos aquellas horas, desde que salí de la revisión de las 40 semanas hasta que subimos a la habitación ya siendo tres.

Este no va a ser el típico relato de una experiencia maravillosa y llena de purpurina y bebés con lazos en la cabeza, voy a contar un PARTO REAL, lejos de los que vemos en las películas normalmente y lejos también de lo que la mayoría de mortales imaginan en sus cabezas antes de vivirlo.


El viernes 11 de Octubre de 2019 tenía la revisión de las 40 semanas: monitores y ecografía. Estaba todo bien, Joel se movía bastante y el líquido era el correcto. No fue necesaria ninguna intervención ni maniobra por esto mismo. Ese día yo cumplía exactamente 39 + 5 semanas de embarazo (mi fecha probable de parto era ese mismo domingo, dos días más tarde).

Yo llevaba varios días con contracciones bastante frecuentes, sobre todo por las noches, al sentarme al sofá… llegaban a ser hasta cada 3 minutos, pero no eran dolorosas. Y cedían. Yo estaba tranquila, puesto que sabía que hasta que no fueran dolorosas allí no iba a pasar nada.

Antes de seguir, tengo que decir que soy una afortunada. Y soy una afortunada porque en todo este proceso conté con el acompañamiento de dos de mis mejores amigas: E. y M. Ambas son matronas y estuvieron conmigo en todo momento.

Mamadú ese día salía de trabajar un poco antes, y a eso de las 16:00 h llegó a casa. En ese momento las contracciones que yo tenía habían empezado a molestarme un poco (típico dolor menstrual, que notaba un poco en cinturón), y lo primero que le dije cuando entró por la puerta de casa fue: – «amor, come y vete a echar la siesta porque igual esta noche parimos». Me miró un poco raro, me preguntó si estaba bien y me obedeció. Y menos mal.

Yo seguí unas horas tranquila, me terminé el bolso del hospital, me depilé, me duché y me pinté las uñas de los pies. Estaba atenta a lo que iba sintiendo mi cuerpo, y, al mismo tiempo, chateando por Whatsapp con E. y M. quienes me iban orientando, atentas a si eso eran sólo unos pródromos o las horas antes de conocer a Joel.

Era lo segundo.

Sobre las 19:00 h ambas estaban en mi casa: preparamos un masajeador de espalda, una bolsa de semillas de calor y unos fulares para alivio del dolor.

La verdad es que esas horas de dilatación las pasamos bastante bien en casa tranquilas. El dolor fue cambiando y haciéndose más interno e intenso, pero apoyada en la barandilla de mi balcón y moviendo la pelvis lo soportaba bastante bien. Entre contracciones charlábamos, veíamos fotos y pasábamos las horas.

No recuerdo cuándo fue, pero hubo un momento en que yo me abstraje del mundo «terrenal». Ya no hablaba ni participaba de las cosas que hacían de forma «normal». Simplemente estaba como en un «estado de embriaguez», concentrada (muy concentrada) en soportar el dolor que me provocaba cada contracción y en pensar que cada vez que notaba ese dolor, era un paso más para conocer a mi pequeño.

El primer tacto que me hicieron fue sorprendentemente grato para todos: estaba dilatada de 6 cm y con el cuello bastante blandito. No me hizo nada de daño.

A partir de ese momento creo que algo en mi cuerpo se disparó y sentí la necesidad de que fuésemos ya al hospital. El dolor y la frecuencia de las contracciones aumentaron.

M., E. y Mamadú prepararon todo para irnos y allí que fuimos.

Creo que los minutos desde que llegamos al hospital hasta que me pusieron el camisón fueron los peores: y es que luego supimos que en ese rato yo ya había hecho el camino hasta la dilatación completa.

Justo al subirme a la cama de parto sentí mucha necesidad de empujar y a 4 patas empujé, rompiendo así la bolsa y comenzando el periodo de expulsivo.

Parece que estaba siendo un parto rápido y bien tolerado hasta ahí, parecía que Joel iba a nacer en un ratito.

No fue así. La fase de expulsivo la recuerdo muy muy dura:

Esta fase es diferente a la dilatación puesto que aquí, al empujar, sí que notas alivio del dolor.

Al principio probamos diferentes posturas para ver cuál me iba mejor para empujar y ayudar a Joel a nacer (aquí ya le veíamos los pelitos de la cabeza asomando). Probamos cuclillas, pelota, de medio lado, boca arriba, cuadrupedia… como no llevaba ningún tipo de anestesia esto es posible y la libertad de movimiento es del 100%.

Finalmente acabé adoptando la posición ginecológica (boca arriba), a pesar de no ser la más cómoda para el parto (contra gravedad) ni la más elegida en partos naturales. Pero era como yo me sentía mejor empujando y eso es lo importante.

Esta fase fue más larga de lo que todos creíamos, y yo sufrí bastante porque llegué a pensar una y mil veces que «no podía sacarlo». Realmente pensaba que mi cuerpo estaba dando su 200% y aquel mulatito no bajaba ni 1 cm. Fueron unas horas duras.

Mamadú lo pasó mal también. El acompañamiento de la pareja en este día es FUNDAMENTAL. Él estuvo ahí desde la fase de dilatación, procurando que yo me sintiera cómoda sin agobiarme, intentando anticiparse a mis necesidades sin hacer demasiado ruido, como el sirviente perfecto. Lo siento, pero es así. Un 10 para el negro. Pero a la hora del expulsivo sus miedos se le vinieron encima: había vivido una historia trágica familiar recientemente y flaqueó. Tuvo que ir al baño a lavarse la cara y respirar hondo 5 veces antes de seguir acompañándome y preparándose para ver a su hijo por primera vez. Pero no pasaba nada, porque ahí estaban M. y E. como buenas matronas tranquilizándome y animándome: Joel estaba bien, yo también, y eso era un señor parto natural de un primer hijo. La dilatación había sido «rápida» pero puede que el expulsivo me costase un poquito más.

“Lo estás haciendo muy bien”.

Qué curiosas son las cosas que pasan por tu cabeza en ese momento. Yo estaba muy convencida de que no lo hacía bien, de que si estaba empujando con todas mis fuerzas durante horas… ¿por qué ese pequeño gordito no salía? ¿no se suponía que estábamos preparadas para ello? ¿que mi pelvis era el camino perfecto para su nacimiento? Todo para lo que me había concienciado hasta ese momento de repente dejó de tener un poco de sentido porque NO ESTABA PUDIENDO SACARLO.

Hasta que hubo un pujo decisivo, donde Joel por fin empezó a avanzar y a asomar su cabecita.

Sentí como si me quemasen con una brasa ardiendo en mi periné en la fase final de mi expulsivo. Temía mucho desgarrarme después de tanta presión. E. me aplicaba constantemente compresas con agua caliente que me aliviaron muchísimo.

Joel nació a las 2:52 h del 12 de octubre de 2019. El negrito del día de la hispanidad. Pesó 3015 kg (no tanto como pensábamos!) y su manita estaba al lado de su cabeza al salir, saludando a M. y E. y a su mamá y papá que estaban exhaustos tras la experiencia más agotadora hasta entonces de su vida.

Le cogí yo misma mientras salía y le puse encima mío. Le vi una nariz enorme. Como la de su padre. Y el pelo muy negro y liso (¿perdón?). Cogió el pecho él solito minutos después. Maravilla de la naturaleza.

Luego salió la placenta. Yo estaba muy sensible y sólo quería que aquello terminase. Temblé mientras revisaban que todo estaba bien, «por favor… ¿falta mucho?» No hubo ningún desgarro, y todo estaba perfecto.

E. tenía en la salita de al lado a su bendito marido con una bebé de 3 meses a la que iba a dar el pecho de vez en cuando. M. tenía una barriguita de 8 meses de embarazo por aquel entonces. He omitido estos detalles hasta ahora para no añadir más oxitocina a la historia.

Fue un parto natural con final feliz. Lo que queríamos. Lo mejor para nosotros y para Joel.

¿Me dolió? mucho. Claro que duele un parto «a pelo». Pero ahora mismo no sabría decir si lo pasé peor por el dolor o por esa sensación psicológica que me asaltó durante unas horas de que «no podía hacerlo». Pero sí que pude. Porque todas podemos. Lo que yo había leído y escuchado tantas veces era cierto.

Ahora, casi 21 meses después, con la tranquilidad de haber repasado esta historia una y mil veces puedo decir que las claves del éxito de este parto se podrían resumir en 3 puntos:

  • El acompañamiento y la tranquilidad de mi pareja, quien, teniendo la misma idea que yo del parto que queríamos y creíamos mejor para nuestro hijo, supo afrontarlo y acompañarme de manera impecable.
  • El apoyo y también acompañamiento de M. y E., dos matronas bien formadas y, por supuesto, defensoras del parto natural, que supieron tranquilizarme y llevar a buen término ese nacimiento con total profesionalidad.
  • Mi convicción de que nuestro cuerpo está hecho para parir sin ningún tipo de ayuda ni intervención siempre que las cosas vayan bien y tengas al lado a los profesionales adecuados, con tranquilidad y sin miedo.

Este fue mi parto. Cada parto es un mundo y cada persona también. Todos los partos que conozco han sido totalmente diferentes entre sí, por lo que espero que esta experiencia sirva para animar, empoderar, inspirar o simplemente entretener a quien quiera que lo lea, pero sabiendo que es una experiencia propia y cada parto es distinto.

Espero que os haya gustado leerlo 😉

2 comentarios en “El parto de Joel”

  1. E. y M., excelentisimas enfermeras. Tuve la suerte de q E. fuese tb mi matrona, y gracias a ella, a sus consejos, y sobre todo, a los ejercicios q m enseño a hacer, mi parto fue muy bueno y no me desgarre👏👏👏👏👏. Que suerte tenemos al tener a este tipo de profesionales a nuestro alcance😊😊😊😊

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